UN HUMILDE ÁRBOL
Ese incendio, allí, en el Este y esas estrellas brillando todavía en el firmamento anuncian una mañana soleada. Yo, cuando pienso en el Sol, me retuerzo de placer. Bueno, y si llueve, igual. La verdad es que me gustan los días tanto si llueve como si luce el Sol. No hay dos días iguales. Como ahora mismo, ¡fijaos qué amanecer! No sé cómo lo verán los demás olivos de mi bancal, pero es magnífico. Las nubes sedesmigajan por el éter y se perfila la cordillera en la primeriza luz de Oriente. Pronto asomará el astro con su luz de oro y tiemblo de placer esperando ese instante. La luz derramada por los campos, serpenteando en los caminos, bajando lomas, trepando oteros, alumbrando el verde de los labrantíos y las copas encendidas de los otoñales chopos junto al arroyo. Luego vendrá el cielo azul de una mañana pura y fría de este otoño que ya termina.
Qué va a saber un pobre olivo como yo, un humilde árbol que jamás salió de un bancal de secano. Aunque, a veces, pienso que quizá todo el mundo es como mi bancal; aunque sólo sea porque, amanecer, amanece todos los días y en todas partes. Y si de todos mis amaneceres no hay dos iguales, ¿qué otros amaneceres podrán gozar en otros lugares que, tarde o temprano, no vengan también a visitarme? Es cierto que jamás veré el mar, jamás. Ni las Tres Gargantas del Yangtsé, ni las cataratas del Niágara, las llanuras interminables de Gobi, o los hielos gigantescos de la Antártida o la aurora que incendia el cielo magnético de los polos. No, no veré al hombre afanado de las populosas urbes, amándose y odiándose en incontables lechos y batallas. Ni contemplaré el horror de la guerra, ni el brillo del amor materno en los ojos de las madres africanas, las que amarran sus hijos a los escuálidos pechos. No avistaré otros horizontes que los de mis montañas, es cierto. Sólo soy un humilde olivo que piensa y sueña desde un bancal varado en los Pirineos.
Pero me pertenecen, con mi modestia, los amaneceres y los vientos