Última escena
de una monja
Relato de Vida
Última escena de una monja
La vida de la mano de la fe.
INCLUIDO en la antología
"Un rostro oriental y otros relatos"
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ÚLTIMA ESCENA DE UNA MONJA
Le duelen los huesos. A pesar de todo, se arrodilla y reza con las manos cruzadas y los brazos acodados sobre la cama. Llena eres de gracia, hoy lucía un sol espléndido, regalo del Señor, se dice. Tras ella, junto a la puerta, una bolsa de plástico se apoya en el zócalo descolorido de la pared. Se concentra en la oración para no sentir cómo se le clavan las rodillas en la alfombrilla desgastada. Dios también le manda ese dolor de huesos, que es un sol que ilumina su humildad porque le recuerda la efímera condición humana. Ruega por nosotros, pecadores, adelanta su oración; se da cuenta y vuelve a dónde le interrumpió algún pensamiento que ya no puede recordar, bendito esel fruto de tu vientre, Jesús.− Tome esos dulces, Sor Camelia. Verá qué buenos son.− El azúcar, ya sabe -se excusa la monja para rechazar la tentación que le hace la panadera, de buena fe, sí; más tentación al fin y al cabo-. Mejor déselos a un niño, ya no tengo dientes yo…La calle Barranco la espera a la salida de la panadería, con su sol de otoño, su multitud de autos durmiendo en batería, menta y siemprevivas en los parterres y gentes que la saludan. Lleva los dulces en una bolsa en la mano. La panadera resulta insistente y conviene no emperrarse en rechazar un regalo. Podría interpretarse como un signo de soberbia. Hay que dar ejemplo de humildad, sobre todo cuando una es monja. Sabe que los vecinos de la Villa le perdonarían casi todo a una monjita de noventa y tres años cumplidos; no importa el perdón de los vecinos, sino el de Él. Mejor tomarlos y guardar los dulces para los necesitados que se presentan con frecuencia a mendigar a las puertas del convento. La sonrisa de la panadera, cuando al fin ha aceptado el regalo, le ha llenado el alma.
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