Lluvia de letras
sobre
Secastilla


Relato de Vida

Lluvia de letras sobre Secastilla

De los encuentros del corazón, el arte y la muerte.

 INCLUIDO en la antología
"Un rostro oriental y otros relatos"
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Lluvia de letras sobre Secastilla.

(de los libros, del amor y de la muerte)

 Salí del sueño con el corazón encogido. No había sido una pesadilla exactamente; un mal sueño quizás. O no.

Llovían las tildes sobre la copa de los árboles. En los caminos, las comas formaban hileras y los puntos se cruzaban como puestos de control, de esos que monta la Guardia Civil acechando delincuentes.  Colosales pájaros de alas rectangulares trazaban círculos de sombra en el cielo; llevaban inscritas las siglas RAE bajo las grandes alas, que batían con inapelable lentitud.

Yo seguía la senda que va de Ubiergo a Secastilla, esquivando los controles de los punto y coma, que comandaban, más rotundos, los punto y aparte. Caminaba por el linde de normas académicas. No sabía aún por qué, pero debía llegar a Secastilla. Era importante que lo hiciera cuanto antes, eso sí lo sabía. Apreté el paso; el viento arreció súbito. Más arriba de donde las aves dibujaban circunferencias, se formaron unos nubarrones grises y apretados de letras en cursiva. Amenazaban tormenta, claro. Y empezaron a llover. 

Pronto llegaría al cruce de los cuatro letreros. A la izquierda Barasona, como si el pueblo aún existiera, como si no llevase años durmiendo bajo las aguas plácidas del pantano que lleva su nombre; a la derecha, Secastilla, casi una aldea, mi destino.

Salpicaban las letras llovidas del cielo, pocas y gruesas: presagio de tormenta. El cruce, al fin; suspiré aliviado. Antes de girar a la izquierda, caí en la cuenta de que, a partir de aquel punto, ya no habría árboles que me guarecieran.  Afortunadamente, junto a los carteles indicadores, alguien había olvidado una caja de cartón. Arranqué parte de sus laterales y me la puse en la cabeza a modo de casco con visera. Las letras entablaron un pertinaz martilleo sobre mi casco de cartón; pero yo no andaba, sino que volaba o me deslizaba sobre el asfalto de la carretera de Secastilla. Detrás, me pareció que los letreros del cruce se revolvían. Ubiergo, Torreciudad, los que había dejado a mi espalda, se desgajaron del suelo y empezaron a golpear a los otros dos, que, incapaces de defenderse, terminaron hechos astillas, esparcidos por la calzada, donde sus letras (s e c a s t i l l a/ b a r a s o n a) se hacían barro de tinta y asfalto con las llovidas. Esto lo vi con un ojo que me había nacido en el cogote. Me pareció natural.

Ya estaba en Secastilla. Lucía el Sol, la tormenta pasó. Recuerdo que respiré con alivio, por un momento había pensado que terminaría todo el valle bajo un mar de letras y barro. Me dije que lo que debía hacer primero era ir a la iglesia a agradecerle a Dios que nos hubiera librado de la lluvia de letras. Cuando ya me encaminaba hacia la calle Mayor, se me ocurrió que lo cierto era que si Dios nos había librado de la inundación, no era menos cierto que Él nos la había mandado. Detuve el paso.

Él nos la da, Él nos la quita. ¿Somos algo más que meras marionetas en Sus manos? Un torbellino de ideas como estas comenzó a bullir en mi cabeza y empecé a sentirme mareado, muy mareado.  Se abrió de nuevo el ojo de mi cogote, y vi, con él, que nuevos nubarrones, más densos, más oscuros, casi negros, se venían desde los llanos del sur arrastrados por furiosos vientos. Debía apresurarme si no quería que me pillase de nuevo la tormenta. Me interné corriendo por la calle Mayor; una calle angosta, de edificios estrechos de tres o cuatro plantas, desde cuyos balcones tuve la seguridad de que me espiaban presencias oscuras que se ocultaban tras las raídas y sucias cortinas, los visillos deshilachados, las polvorientas persianas…

Mientras corría, me preguntaba qué me había llevado a aquel lugar. Me perseguía mi mala conciencia, algo me atormentaba -en el puro sentido de someterme a una tormenta; de letras en este sueño, pero tormenta, al fin y al cabo-, pero no caía en cuál sería mi pecado. Cierto que no cuidaba de mis padres como debía y hacía tiempo que no iba a verles y los tenía algo abandonados; cierto que no me había esforzado en mi trabajo últimamente y muchas de mis obligaciones laborales dormían el sueño de los justos en el cajón de sastre de mi escritorio; cierto que dejaba sola a mi mujer en demasiadas ocasiones resolviendo asuntos que me correspondían; además, no hacía deporte hacía tiempo, perjudicaba mi salud con una alimentación desajustada, ni siquiera cuidaba de mi aspecto y vestía ropa sin planchar , dejaba de afeitarme más de dos días seguidos, y me cepillaba los dientes sólo de vez en cuando, lo que me producía un mal sabor de boca que notaba incluso ahora, en este sueño atormentado, mientras las casas, tronadas y sombrías, de la calle Mayor de Secastilla corrían a mi alrededor  empujándome en la única dirección posible: hacia la plaza de la Iglesia.

Pero no llegué a la plaza de la Iglesia. Cuando las primeras letras ya caían sobre el adoquinado, dejando grandes manchas redondas, azules o negras, una mano surgida de un portal tiró de mí, cogiéndome de la manga, y me introdujo en el zaguán de una casa. 

 

“¿Quién eres?” una luz mortecina, derramada de un ventanuco mal cubierto con tela de rafia, apenas permitía ver los perfiles de las cosas que poblaban aquel lugar. La mano me había soltado en cuanto estuve dentro, y escudriñé las sombras buscando su propietario. Algo se balanceaba en un rincón, una sombra en una mecedora. “Quién eres”, repetí. 

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