Las pecas de
don Leopoldo


Relato de vida

Las pecas de don Leopoldo

A su edad, don Leopoldo inicia el que podría ser, quizás, su ultimo viaje.

 INCLUIDO en la antología
"Un rostro oriental y otros relatos"
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Las pecas de Don Leopoldo

 

1

Apagó el puro en el plato del café. El camarero había amenazado con llamar a seguridad si no lo hacía. ¡País de mierda! Ya no podía uno fumarse una buena faria mientras esperaba el avión.  La próxima ocasión tomaría el ferry, aún existían zonas reservadas para fumadores en los ferrys. “Todo sea por un fin de semana con Aurora” se dijo. Y recreó la imagen de Aurora en el recuerdo.

Aurora de largas piernas y torneadas caderas. Una mujer que aún vestía falda, una mujer cómo deben ser las mujeres, femeninas, dulces  y atentas. Una mujer que sonreía con la mirada mientras se  ajustaba el vestido tras hacer el amor en el sofá del despacho. Aun recordaba el brillo en sus pupilas pardas después del sexo. Una mujer, en definitiva, absolutamente distinta a la suya. Aurora fue su secretaria durante casi dos años. Cuando se despidieron, lo hicieron sin dramatismo. Sabían, desde el principio, que aquella relación no se prolongaría indefinidamente.  Se dieron la mano como viejos amigos, y ella marchó de la ciudad con un “llámame” y un “volveremos a vernos, cariño”

De aquella despedida habían transcurrido once años. Mucho tiempo. Don Leopoldo perdió la esperanza en ese reencuentro con el correr de los primeros años. Poco a poco, el recuerdo de Aurora, de su voz sensual y sus caricias de terciopelo en el sillón del despacho, se fue difuminando. Once años, Dios mío, son mucho tiempo; pero habían pasado en un soplo. En aquellos tiempos, contaba don Leopoldo cincuenta y seis años y Aurora cuarenta y nueve. No eran unos niños, pero se sentían en la flor de la vida. Tras el fulminante divorcio, obligado por su esposa -que amenazó con hacer públicas unas escabrosas fotografías del sofá del despacho- la vida de Don Leopoldo continuó casi igual. La rutina de la gestoría que regentaba, de las tertulias en el bar, con los conocidos de siempre,  y sus recurrentes charlas de fútbol, política y  mujeres, la comida familiar los sábados, el cuidado del huerto de su madre y las visitas ocasionales al “Santa Lucia Club Ladyes”, colmaban sus días. Sus otras aventuras con el sexo débil se fueron distanciando cada vez más; aunque se negaba a reconocerlo y se opuso a que retiraran su viejo sofá, cuando remodelaron el despacho unos años atrás. El decorador acató, discretamente, el capricho de su cliente e hizo pintar las paredes de un color salmón a juego con aquella reliquia de cojines morados, más propia del recibidor de un obispado que del carácter posmoderno con que había diseñado la nueva imagen de Guensla&Hijos SL. Mas su colección de calendarios, que guardaba en un viejo armario, se había incrementado once unidades, a pesar del inamovible sofá violeta. 

Se pidió otro negroni. Tres partes de Martíni, una de Campari y mucho hielo, tuvo que precisar al inútil con bandeja, disfrazado de camarero, que le atendió cuando pidió el primero, antes de encender  la faria que ahora permanecía apagada en el plato  de la tacita del café, que había tomado con el primer negroni. El sabor amargo del combinado estimuló una agradable salivación metálica en los bordes exteriores de la lengua. Ahora se sentía mejor. Cuando se sentó en la cafetería del aeropuerto, dos horas antes, sentía cierta inquietud. Lo cierto era que había hecho el equipaje y había volado trescientos kilómetros con su potente auto por la autopista, hasta el aeropuerto de Barcelona, casi sin pensar lo que hacía. Aurora llegaría en pocos minutos y al cabo de una hora tomarían, juntos, otro avión con destino a Mallorca. En el bolsillo interior de su cazadora, sentía el sobre con los billetes y la reserva del hotel cinco estrellas. Le había costado un dinero pero… ¡qué menos que una suitte frente al mar! Aquella era una ocasión especial, vive Dios, y el se comportaría como lo había hecho siempre, como un caballero. 

Sorbió un poco más del amargo combinado, mientras recordaba cómo había llegado hasta allí. Todo empezó el último lunes. Cuando la recepcionista de su gestoría le avisó que tenía una tal Aurora al teléfono, sus ojos se posaron inmediatamente en el sofá. “Pásamela” dijo, temblándole el auricular en la oreja; luego,  siguió una cordial conversación en la que ella le contó cuanto había echado de menos los viejos tiempos y añadió cuánto le agradaría volver a verle; ahora que volvía a ser una mujer libre.  Pues, según le contó Aurora, había residido, hasta hacía pocos días, en Marsella, donde vivió con un francés a quien conoció poco después de abandonar la ciudad y su despacho. Se casó con aquel  gabacho, dijo, no por amor, aunque tampoco le disgustaba. “Pero, ya sabes, a mi edad no podía dejar pasar ese tren” René, que era como se llamaba el franchute, era un hombre de buena posición y la trató siempre con amabilidad. Hasta que, un día, le dio un pasmo mientras veía un encuentro entre el Olympique de Marsella y el Lyón. No era el primer tío, ni sería el último, que pasaba a mejor vida por un penalti mal pitado en un campo de fútbol. Eso había ocurrido varios meses atrás. Desde entonces, los recuerdos de sus tiempos felices, cuando trabajaba para don Leopoldo, se fueron haciendo cada vez más frecuentes. Añoraba los revolcones en el viejo sofá, las miradas cargadas de intención cuando se encontraban en público o cuando le llevaba algún documento, durante una reunión de trabajo. Añoraba la clandestinidad y el olor a masaje de peluquería de  Don Leopoldo. En definitiva, que quería volver a verle. A don Leopoldo le faltó tiempo para preguntarle cuándo, dónde y cómo.

Miró el reloj de oro que lucía en su muñeca. Las diez menos cinco, el avión que traía a Aurora, debía llegar  en cinco minutos. Pidió la cuenta y salió corriendo hacia la terminal en la que, se suponía, debía desembarcar Aurora. En la mesa, quedó una ínfima propina y la mitad del negroni. Cuando llegó, había congregado un heterogéneo grupo de personas que, como él, había acudido a recibir a  algún familiar, amigo, o lo que fuera. De  pronto, en el panel de información, sobre el vuelo en el que Aurora debía llegar, se encendió el luminoso “Retrasado”. ¿Retrasado? ¿Por cuanto tiempo? No lo indicaba. Un murmullo colectivo de frustración emanó de los corrillos que allí se congregaban. En algunos rostros se desmadejaban gestos de resignación, cultivados en anteriores  plantones aeroportuarios.

– No entiendo qué pasa con los aviones que llegan de Reims que nunca llegan a su hora.- rezongó una mujer bajita, de la que colgaba un crío empeñado en sentarse en el suelo, con la intención de hacer rodar un cochecito de juguete.- ¿Sabe usted? La semana pasada esperamos a mi marido casi dos horas. Dijeron que era culpa de la lluvia. ¡Cuando no es la lluvia, es el viento o la niebla! La cuestión es no llegar  a la hora.

¡Dos horas! ¡Si el avión a Mallorca salía dentro de cincuenta y cinco minutos!  Las palabras de la bajita alarmaron a Don Leopoldo. Uno no esperaba once años para que se esfumaran sus sueños por la mísera impuntualidad de un avión. ¡Ah, no!  A Don Leopoldo Guensla, no se le hacía esto. Ya hablaría con el director de este desorganizado aeropuerto y le pondría las cosas en su sitio.  Iba a preguntar donde estaba el despacho del director, cuando se encendió, junto a la palabra “retraso”, el guarismo 30´. 

– Treinta minutos, dicen. Nos toman por gilipollas.- la señora padecía de incontinencia verbal y apostillaba todo lo que ocurría – Como si una fuera tonta. Yo me voy al bar. Vamos hijo ¡y deja ya de joder con el cochecito! 

– Bueno, señora- dijo don Leopoldo, mascullando la palabra “señora” con evidente menosprecio, harto del derrotismo de aquella mujer empeñada en chafarle la guitarra- las autoridades ya sabrán lo que hacen

– Vaya, ya salió el abuelo- dijo, molesta por el tono de Don Leopoldo, la señora y, como si  hablase a su hijo, añadió antes de marcharse- A su edad y tan ingenuo el viejo…

Don Leopoldo quedó allí pasmado, como si le hubiesen pegado los zapatos al suelo. ¿Abuelo? ¿Viejo? Le parecía que las palabras de aquella mujer, que ya se perdía en el gentío arrastrando al pobre chaval, se quedaban colgando en el aire, reverberando como un cascabel en una iglesia vacía. ¿Viejo? ¿Él? ¿Don Leopoldo Guensla? ¡Qué se habría creído aquella bruja! Definitivamente, se había perdido la educación en este país. Claro, pensó, con esos gobiernos permisivos que sólo se ocupaban de casar maricones y subvencionar inmigrantes, no cabía esperar otra cosa. Pero se sintió cansado y se acercó a un banco metálico, de reja azul.. En tiempos del Generalísimo había más respeto y educación. Se dejó caer, blandamente, en el banco y, por un instante, quedó su mente en blanco, viendo pasar la muchedumbre.

Los aeropuertos tienen algo de catedral gótica. Sus corredores son amplios y altos, muy altos. Como en los arcos de crucería, las estructuras metálicas permiten sostener cúpulas increíblemente alejadas del suelo.  Todo es elevación y luz. Naves inmensas, de grandes vidrieras, con techos que levitan sostenidos por increíbles nervaduras metálicas. Siempre que entraba en una catedral gótica, con todo su esplendor y elevación, don Leopoldo se sentía pequeño. Catedrales y aeropuertos. Algo tenían en común las amplias naves, los elevados cielos, las grandes vidrieras. Don Leopoldo veía cómo se afanaban los fieles del equipaje y el vuelo en avión, de terminal a terminal, de una nave a otra, solicitando información en confesionarios y taquillas, reclinándose para recoger el equipaje, una y otra vez, en una liturgia frenética o delirante. Un estridente aviso de salida o de llegada, rasgó su abstracción, haciendo sangrar de nuevo la indignación que le había producido la deslenguada y procaz señora.

Sintió de nuevo el bulto de los billetes y la reserva de hotel, pesando en el bolsillo interior de su chaqueta. ¡Bah! no se iba a hacer mala sangre por una histérica sin educación. Él, el señor gerente de Guensla&Hijos, el amante incansable, no podía caer en esas provocaciones barriobajeras. Decidió aprovechar aquella media hora, celebrando con otro negroni la elegancia con que había ignorado a aquella arpía. 

-¿Otro negroni, señor?- vaya, parecía que el camarero se había puesto las pilas y recuperado la amabilidad junto con la memoria.

– Pues le voy a decir que sí, joven. Y tráigame unas aceitunas. Negras y con hueso, de las de verdad.- siempre había pensado que las aceitunas rellenas eran para niños o maricones.

En pocos minutos había recuperado el sosiego y su mesa en la cafetería del aeropuerto; mientras, el conocido sabor, entre amargo y dulce, del combinado de vermuts, le traía recuerdos de sofá y enaguas. Entrecerró los ojos, reconfortado por la calidez espirituosa de la bebida, y le pareció escuchar aún el fru-frú  desvanecido de las blusas de Aurora, antes de acostarse para el amor.

Sintió que algo le golpeaba un pie y que su ensoñación se desvanecía. Recuperando la conciencia, agachó la mirada hasta una pelota de goma, estampada en vivos colores pastel, que había quedado atrapada entre sus pies y la pata de la mesa. Un niño llegó corriendo y se paró, quieto, frente a él. “Joder, debe ser el día del niño”, se dijo. A Don Leopoldo, nunca le gustaron los críos. Ahora, uno de esos enanos, estaba allí mirándoles, alternativamente, a él y a la pelota. Sonrió, el chaval estaba paralizado de respeto. Como debe ser. Pero, detrás del niño llegó una voz.

-Pepín, pídele la pelota al abuelo, que no se te va a comer.  

 Al bueno de Don Leopoldo se le congeló la sonrisa en el rostro.  ¡Qué manía de llamarle abuelo le había dado a la gente! Sin saber que decir, tomó la pelota y se la dio al chaval, que la cogió con viveza e hizo gesto de salir corriendo, cuando la voz volvió a tronar.

-¡Pepín! ¿Qué se dice?

– Gracias – murmuró el chaval y salió corriendo. 

– A mi me educaron a la antigua, como Dios manda, en una colegio de monjas- escuchó que decía la madre de Pepín, antes de perderse entre la multitud- y nos enseñaban a respetar a las personas mayores y a los ancianos. 

Esta vez, don Leopoldo saltó de su asiento como impulsado por un resorte. Una vez de pie, no supo que hacer. Sentía una comezón en la boca del estómago y sintió sus dedos pringados por las aceitunas que había estado comiendo. Se miró las manos. Cuando le trajo las olivas el camarero, supuso que en los aeropuertos no daban palillos debido, quizás, a las nuevas normas de seguridad por el terrorismo internacional. Ahora, de pie en medio de la cafetería, miraba sus manos; la piel enjuta, arrugada, pegada a los huesos, con unas manchas pardas, como pecas, pero que no eran pecas. Y los dedos brillándole por el aceite de las olivas, con la piel plegándose, arrugada, sobre las articulaciones. Le  temblaron ligeramente las rodillas. Sería el negroni, se dijo y tomo el camino del baño para lavarse las manos.

Mientras don Leopoldo entraba en el baño, en la terminal correspondiente, en el panel de avisos, se apagaba el rótulo que rezaba “retrasado” sobre el vuelo procedente de Reims. 

Se paró frente al espejo. Y se quedó largo rato mirándose. Aún tenía buena planta. Alto, delgado, la nariz fina y decidida, el mentón varonil. No estaba mal. Entonces, ¿por qué le temblaban las manos?

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