La calle
sin
brisas
Relato de vida
La calle sin brisas
Al doblar la esquina encontró la calle que no debería existir.
INCLUIDO en la antología
"Un rostro oriental y otros relatos"
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LA CALLE SIN BRISAS.
No era una calle cualquiera. Me di cuenta de inmediato, al doblar la esquina. Una intuición me sobresaltó y quise volver sobre mis pasos, me di la vuelta, pero ya no había esquina que doblar. ¿Existen esquinas de un solo sentido? Era raro. Aquella calle parecía no tener esquinas, En todo caso, si las tenía, estaban fuera del alcance de mi mirada. No se me ocurrió otra cosa que mezclarme con la muchedumbre y echar a andar.
La gente que transitaba por allí parecía feliz, incluso algunos me saludaban amablemente al cruzarse conmigo. Había de todo, jóvenes y viejos, hombres, mujeres y niños también. Todo parecía normal… Intenté buscar algo común entre ellos. A primera vista, los viandantes eran, como en todas partes, unos distintos de otros, una multitud de individualidades, cada cual, seguramente con su historia, sus alegrías y preocupaciones a cuestas. Pero, si aquella calle era diferente a todas las calles que había conocido, algo deberían tener en común sus habitantes, pensé y decidí buscar un lugar donde detenerme y fijarme mejor en ellos.
Elegí el escaparate de una boutique de moda, de cuyo cristal asomaba una repisa donde poderme sentar, y lo hice, sentarme. ¿Qué tenían en común aquellas gentes? No era tarea fácil encontrar similitudes entre jóvenes y ancianos, entre hombres y mujeres. Ni siquiera vestían parecido. Trajeados ejecutivos y vendedores de algo, madres que arrastraban un carrito con un niño de la mano, madres que se notaba que eran madres aunque no fueran acompañadas de sus hijos, repartidores de pizzas a domicilio con el pelo largo y un ridículo uniforme con el vistoso logo de la empresa en el pecho y la espalda, desaliñados progresistas, un par de policías , centinelas a la puerta de una comisaría donde la bandera nacional, suspendida de un mástil, no ondeaba por la total ausencia de viento. Era cierto, me di cuenta entonces, que el aire no se movía un ápice, todo el ajetreo de la calle discurría bajo la más absoluta quietud aérea. Ni siquiera un ciclista, cuando pasó raudo a mí vera, levantó una brisa. Todo aquello podía parecer normal, pero era muy raro. ¿Dónde estaba la esquina por la que había llegado? ¿Por qué el aire permanecía inmóvil? ¿Por qué, siendo todos tan distintos, me parecía que compartían algo? Algo oculto.
Este pensamiento me sobrecogía. Era como si todos, absolutamente todos, viejos, niños, madres, vendedores y ciclistas guardasen algún secreto. Y que lo hicieran tan bien, tan discretamente, que nadie, que no fuera yo, pudiese notarlo. Esto me sobresaltó todavía más. Cabía que mi pensamiento se empeñase en crear misterios que, quizás, no existieran. Pensé en sacar el móvil del bolso y telefonear a Javier y contarle lo que me estaba pasando. No lo hice, claro. Me diría una vez más que soy una histérica empeñada en imaginar estupideces. Luego me preguntaría a qué hora pensaba yo hacer la cena… mejor dicho, “hacerle” la cena.
Aquella calle era asunto mío, solo mío. Y punto.
Me volví para verme en el cristal del escaparate. Era la de siempre, Ana, la mujer de Javier, la que no había tenido hijos todavía a pesar de la ilusión que le hacían a su marido. Era Ana, me reconocía en el cristal, con mi media melena lisa teñida de rubio en la peluquería de barrio, con mi falda corta plisada de cuadros rosas que tanto desagradaba a mi marido, porque decía que me hacía niña y que para qué quería enseñar tanta cacha, y una camiseta desenfadada, también corta. Me gustaba vestir como si tuviera menos edad de la que tenía. Una especie de venganza a Javier, que era un viejo prematuro, poseído por una preocupación existencial por todo y por todos, menos por mí. Me miré a los ojos que se transparentaban en el escaparate, me reconocí y suspiré con el alivio de saberme yo misma y no otra. Seguía siendo Ana, la de siempre. Y, desde luego, no era de “ellos”, no formaba parte de esos transeúntes que, por mucho que disimulasen, tenían en común un secreto que no atinaba a desentrañar. De momento… ya les pillaría, ya… me decía esperanzada.
Pensé si la vida consistiría en discurrir junto a otros por una misma calle sin esquinas, sin escapatoria. La gente seguía a lo suyo, cada cual con su ritmo, sus bolsas, sus niños, sus carteras, corbatas, abrigos incluso en el incipiente calor de la primavera. Yo los miraba como quien contempla descender las aguas de un rio, rápidas por el centro, con lentas espirales en los remansos. Era la vida, que a veces se detiene y otras veces corre y corre sin que podamos detenerla. Pensamientos como este se me ocurrían a menudo y me sobresaltaban, tanto como me sobrecogía ahora aquella calle sin viento ni esquinas que discurría ante mis ojos. Pensamientos que siempre me pareció que no eran míos, que me asaltaban de pronto sin que supiera de dónde procedían. Me sentía violada por esas ideas que ocupaban de pronto mi intimidad, sin pedirme permiso. Esto se me ocurrió, así, un día y , desde entonces, me disgustaba tener pensamientos profundos. Bueno, muy profundos no eran, lo sabía, parecían bastante comunes. Seguramente los habría escuchado alguna vez, o leído en alguna de esas novelas que siempre ando siempre leyendo.
Mi contorno transparentándose en el cristal me impedía ver bien lo que había dentro de la tienda. Decidí entrar. La puerta de cristal batió sus alas y me lanzó al interior. Una luz tenue reinaba en toda la tienda. Una luz fría como de neón. Dentro, un mostrador en el centro donde junto a la caja una mujer de edad indefinida me miraba forzando una sonrisa. Su rostro era pálido y aquella luz de neón le confería una tonalidad azulada; los ojos, ni grandes ni pequeños, eran negros muy negros, como el cabello que recogía en un moño. Su sonrisa era una luna creciente del tercer día, fina y de tonalidades cárdenas, como una uña recién cortada. No se dirigió a mí, movió el brazo dibujando un abanico con su mano de largos dedos que, abarcando el espacio, me invitaba a contemplar los productos allí expuestos. Seguí su curso con la mirada. El local era grande, espacioso, y descubrí, para mi sorpresa, que los maniquíes permanecían echados en lechos de mármol blanco cubiertos por sábanas de diversos colores. Negras, blancas, naranjas y amarillas. A sabiendas de lo que veía, inicié un recorrido entre aquellos maniquíes fallecidos. Se deslizaban a mi paso y no podía dejar de acariciar las telas que los cubrían como mortajas.
– Son mortajas, señora -dijo la dependienta sin apenas separar los labios, se había fijado en la alianza que lucía mi anular derecho -Nuestra boutique le ofrece…
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