ENCUENTRO EN EL CREPÚSCULO
Trabajaba más que nadie, se esforzaba hasta la extenuación junto al linde cuando ya todos habían partido a sus casas para la cena. Ella no quería llegar hasta que todos se hubieran retirado a sus respectivas habitaciones. Al menos, el animal de su padre.
La madre la esperaba en la cocina, con la luz apagada, en la semipenumbra del atardecer que entraba por un ventanuco de apenas palmo y medio. Intuía que había estado llorando, casi siempre. Pero ese encuentro, cuando el crepúsculo hacía grises los montes, era su momento. Hablaban entonces sin que nadie las interrumpiera, y ella le contaba a su madre cómo sería su vida cuando partieran del pueblo para siempre.
– Si, mamá, yo estudiaré, cueste lo que cueste, aunque padre no quiera. Mosén José María dice que puede convencerle, a padre, de que me deje ir al colegio de las Hermanas Descalzas en la ciudad, el próximo año. Lo haré tan bien, estudiaré para sacar las mejores notas, y cuando termine el bachillerato iré a la universidad con una beca.
– Hija, hija, qué bueno es el mosén, cuando estés lejos de aquí, rezaré por tu alma y porque todo te vaya bien en la Ciudad.
– Madre, no me olvidaré de usted; cuando termine los estudios vendré a buscarla, y se vendrá a vivir conmigo a la Ciudad.
Pasaron seis años. La noticia de la muerte de su madre le llegó una tarde de primavera, como un leve beso de despedida impregnado de melancolía entre los parterres floridos del campus universitario de la ciudad.
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