El busto


Relato de Intriga

El busto

El dolor y la melancolía sueñan un pasado inexistente

 INCLUIDO en la antología
"Un rostro oriental y otros relatos"
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EL BUSTO

Hacía frío en la ciudad aquella noche de marzo. La luz de las farolas parecía más pálida y azul que de costumbre, y las sombras reptaban, ateridas, por las aceras y el asfalto, y parecía que buscaban refugio en los tragaluces de los sótanos, las escaleras del suburbano o los párquines humeantes. Los peatones se fundían con ellas y se escurrían en los portales buscando el calor del hogar. Paseaba mi soledad escuchando el eco de mis pasos amortiguados por la humedad. Los días pasan, me dije mientras presionaba las solapas del abrigo sobre la piel desnuda de mi cuello, como pasan las nubes, sin trascendencia, dejando algún chubasco ocasional. Vagaba por la calle y por mis pensamientos, sin intención de llegar a ninguna parte. Había salido de mi cubil, arrastrado por mis demonios particulares, buscando aire fresco; pero las calles de la ciudad siempre decepcionan; y mi perfil, en los cristales oscuros de los escaparates, apenas tomaba unos sorbos de aire infecto. Dejaba un rastro fugaz en la bruma espesa y mefítica que cubría las aceras. Parecía que huía, pero no huía. Sólo paseaba mi pena. Recordé los calendarios clavados, uno sobre otro, en la pared de mi habitación. Clavados en mi piel, en mis ojos, en lo que de mi desconchado corazón restaba. Me dije que el tiempo era como aquellos calendarios, siempre en el mismo lugar, siempre en mi habitación. La misma habitación de entonces, más oscura ahora. ¿Cuánto tiempo había pasado? Cuatro años, quizás. Cuatro años de ausencia, de vacío. Cuatro años de vértigo fuliginoso y mórbido. Inmerso en una derrota confusa, dando bandazos en el oleaje monótono y turbio donde naufragó mi existencia, ya sin horizonte, ya sin ella, hacía, acaso, tanto como cuatro años. En fin, el tiempo… De este humor, paseaba aquella noche fría de marzo buscando algo que silenciara mi lastimosa voz interior. En el fondo, empezaba a estar harto de mi pena y huía de ella. En la ciudad, la evasión empieza siempre echando el cuerpo a la calle; y allí estaba yo, paseando entre sombras furtivas, una noche de invierno, cuando tropecé de tal manera que fui a dar cuan largo soy sobre la acera. Una bolsa de viaje no muy grande, roja, asomó sus asas por encima de la bruma pegada al pavimento, a un palmo de mi nariz. Tras ella, me miraban dos brasas en un rostro velado por las sombras.

− Perdón.

− Ya, ya —dije, mientras me sentaba en el suelo y me agarraba el codo izquierdo, que me ardía por el golpe—.

− Sinceramente, lo siento. No pensé que nadie pudiera tropezar con mi bolsa. Un descuido imperdonable.

− Bueno, déjelo correr.

Me agarró del pantalón cuando ya me levantaba.

− Permítame compensarle, caballero.

Se alzó a mi lado. Su rostro permanecía en sombras debido al sombrero de ala ancha que calzaba su pequeña cabeza, impidiendo que la insuficiente luz de las farolas le alcanzase; sólo el blanco de sus ojos lucía bajo el sombrero.

− Tenga —tomando mi mano, soltó las asas de su bolsa entre mis dedos—. Espero que le sea de tanta utilidad como lo ha sido para mí.

Y echó a andar calle abajo, perdiéndose en la noche antes de que yo pudiera articular una respuesta; entre otras cosas, porque casi me voy de nuevo al suelo debido al peso de la bolsa. Mi primer impulso fue soltarla, dejarla ahí mismo en la acera, y largarme. ¿Qué debía de contener? Pesaba como si llevara metal en abundancia. Descarté abrirla ahí mismo; sobre la acera apenas podría distinguir nada debido a la espesa niebla que se adhería con obstinación al pavimento. Y ni pensar en correr la cremallera con una mano mientras la sostenía con la otra, pesaba demasiado y terminaría volcando y desparramando su contenido, fuera cual fuese, por la calzada. Dejarla era una opción que iba descartando a medida que mi mano se acostumbraba a su gravidez. Al fin, decidí volver a casa y abrirla allí. El eco de mis pisadas se ahogaba en la humedad de los callejones y en los soportales donde las parejas estrechaban sus urgencias en la penumbra, mientras me dirigía a mi morada. Como si se fuera desprendiendo de algo, la bolsa parecía perder peso a medida que me acercaba a mi casa. Supuse que me iba acostumbrando a su gravedad. Mientras recorría el camino de vuelta, intentaba recordar algo sobre el hombre que me había hecho tal obsequio. Era algo más bajo que yo, vestido con un abrigo que le llegaba hasta los pies y no disimulaba un cuerpo en extremo delgado, que daba impresión de flojedad. Manos afiladas, de largos dedos nervudos, sorprendentemente vigorosos mientras aferraban la manga de mi camisa antes de dejar la bolsa en mi mano. Sólo un anillo de oro, que destelló fugazmente, ceñido a la segunda falange de su dedo índice, destacaba en la figura gris del hombre de la bolsa. Gris era la palabra que mejor lo definía, un gris sigiloso que desapareció sin hacer apenas ruido, con una rara velocidad, como si levitara, como si debajo de la bruma baja sus pies no rozaran el suelo.

*   *   *

Llené hasta arriba un balón de brandy barato y me senté en el sillón a contemplar la ciudad. Había subido por la escalera debido a un corte de corriente, de esos tan frecuentes apenas amenaza a la ciudad una tormenta. Dejé la bolsa en la mesita que había junto al sillón. Mi apartamento ocupaba la esquina este del doceavo piso de un viejo edificio de veinte plantas. Cuando lo construyeron era el más alto de la ciudad; de eso habían pasado setenta u ochenta años. Ahora alzaba su fachada cuarteada y sucia en un barrio que habían ocupado progresivamente las clases más humildes, traficantes de drogas y bohemios. A este último grupo pertenecíamos, Amanda y yo, cuando vinimos a vivir aquí, llenos de ilusión, ella con sus telas y yo con mi viejo ordenador y mis libros, con los que llené las estanterías con una apariencia de erudición que distaba mucho de poseer. Soñábamos con ser grandes artistas. Revivía aquellos años con todo detalle, los momentos felices, íntimos, compartidos, llenos de emoción y la presunción dichosa de ser verdaderos artistas. Con el balón calentándose en mi mano, pensé que, en cierta manera, yo había llegado a serlo: un gran artista de la soledad y el desaliento. Un gran artista amargado mirando la luz intermitente de los neones a través de la gran cristalera del salón, con la única compañía de una bolsa roja depositada en una mesita de formica, que algún día saqué de la cocina y que se quedó allí, sin sentido, fuera de lugar, como había quedado todo cuando ella se fue.

“es la ciudad que mereces”

Fue algo parecido a un pensamiento, como si esas palabras estuviesen en mi cabeza. Tomé un trago largo de brandy.

“Sí, es la ciudad que merezco, lluviosa, sucia y triste como yo”, creí que me contestaba a mí mismo.

“si tú lo dices…”

No, no había sonado en mi cabeza. Me pregunté si estaría escuchando voces como los locos o los borrachos. La copa estaba a medias, no había bebido lo suficiente como para oír fantasmas.

“yo sólo preguntaba”

− ¡Eh! ¿Quién habla? —alcé la voz, un tanto alarmado, mientras la idea de estar loco me erizaba—.

“preferiría salir…”

Las palabras provenían de la bolsa. ¿Habría dejado, el hombre del abrigo, un teléfono móvil en su interior? Pero, si era así ¿cómo había leído mis pensamientos? ¿Cómo sabía que estaba frente al ventanal mirando la ciudad? Quizás me había seguido hasta mi casa.

“por favor, ¿podrías sacarme de esta cochambrosa bolsa?, falta aire aquí dentro”

Vacié el medio balón de brandy que quedaba de un solo trago. Indudablemente, la voz provenía de la bolsa y se dirigía a mí como si escuchase mis pensamientos. “Bueno, —me dije al fin— sigámosle la corriente” y me planté frente a la mesita de formica. La cremallera se descorrió con suavidad. La parte superior de un busto asomó fuera. Lo tomé, pesaba lo suyo, de tacto era suave y frío, quizás mármol, y lo deposité sobre la mesa junto a la bolsa. Luego metí la mano en ella buscando algo más. Mis dedos recorrían todos sus pliegues, su fondo de plástico, su único bolsillo lateral, pero no aparecía ningún teléfono móvil. Al fin, la puse boca abajo, por ver si caía algo. Y cayó, tintineando, sobre la mesa. Era un anillo de oro, parecido al que destellaba en la segunda falange del dedo índice del desconocido.

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